lunes, agosto 08, 2005

Volver a nacer

Vendría de noche, cuando le cayese el primer diente. Y se lo llevaría en un saquito. A cambio, le dejaría una moneda de cinco pesetas debajo de la almohada. Se lo había dicho su abuela, y su abuela nunca se equivocaba.
Pablo tenía miedo. Mucho miedo. Le asustaban los ratones pero, sobre todo, le asustaban los ratones que llevaban saquitos a la espalda llenos de dientes de leche y monedas de cinco pesetas. Así que el día que notó que aquel incisivo se movía demasiado, salió de casa sin decir nada a nadie. Corrió hasta la calle Nueva, agarró el diente y, de un fuerte tirón, se lo arrancó y lo hizo desaparecer a través de las rendijas de una alcantarilla.
Nadie en casa se dio cuenta y Pablo suspiró aliviado. Cuando su madre vio que le faltaba un diente, pensó que el niño se lo habría tragado. Pero en seguida a Pablo le empezaron a faltar todos los dientes. Incisivos, colmillos, molares... Se los arrancaba de cuajo para que el ratón aquél no se los llevase mientras dormía, y los tiraba a la alcantarilla de la calle Nueva. Su madre lo llevó al médico. Pero por muchas radiografías que le hicieron, en el estómago de Pablo no encontraron ningún diente.
Cincuenta años más tarde, la ciudad está en obras. Mejoras en el alcantarillado, dicen. En la boca de Pablo han vuelto a nacer todos los dientes.
Y en las alcantarillas de la calle Nueva han descubierto un nido de ratones.



Este pequeño relato lo escribí hace dos años. En el programa de la Cadena Ser "La Ventana" proponían aquella semana que los oyentes enviasen cuentos con el tema "volver a nacer". Y dicho y hecho. Me puse frente al ordenador, escribí el cuentito y lo envié.
De aquélla yo no imaginaba la cantidad de oyentes que enviaban relatos al programa cada semana. Así que estaba completamente segura de que, al viernes siguiente, Juan José Millás (uno de mis escritores favoritos) lo leería en antena.
Como aquel día no podía escuchar el programa porque tenía clase, dejé una cinta de cassette grabando la Ser y me fui a la universidad.
Aquella noche me temblaban las manos cuando le di al "play". Estaba sola en la residencia de estudiantes y quería enviarles la cinta a mis padres, para darles una sorpresa.
Pero Juan José Millás no leyó mi relato.
Y me dio mucha pena. No por el hecho de que no lo hubieran seleccionado, porque los relatos que se leyeron eran buenísimos. Me dio pena porque nadie más iba a leer aquel pequeño cuento sobre los dientes de Pablo.
Por eso hoy le quiero dedicar mi post número 150. Aunque no sea con la voz de Juan José Millás, será con la voz mental de cada uno de vosotros.
Y eso, creedme, ya es un premio.