miércoles, agosto 10, 2005

La primera semana de mi estancia como estudiante erasmus en Praga la pasé buscando pisos donde alojarme. En mi tarea me acompañaba una chica francesa que se hospedaba temporalmente, al igual que yo, en la residencia de estudiantes.
Como los periódicos locales estaban en checo y por Internet apenas encontrábamos ofertas de alquiler, la chica me propuso ir hasta la Alianza Francesa de Praga y consultar allí los tablones de anuncios. Así que una tarde la acompañé.
De camino, me pidió que nos parásemos unos minutos en un pequeño local que parecía una tienda de golosinas. Al entrar, nos recibió un hombre mayor que lucía barba larguísima y varios pendientes en una oreja. Emma solicitó: "one computer, please". Y el hombre nos indicó con la cabeza que lo acompañásemos escaleras arriba.
Al llegar a la primera planta, me di cuenta de que aquello era un ciber-café encubierto. No sólo porque en la entrada del local no se indicase de ningún modo el tipo de negocio que allí había. Es que, además, aquello no se parecía en nada a los ciber-cafés en los que yo había estado hasta entonces.
El primer piso era un salón inmenso con suelo de parquet y se dividía en pequeñas estancias gracias a biombos, construidos con cañas de bambú. Cada diminuto compartimento tenía una mesa con un ordenador, y éste era el único elemento que compartía con el resto de habitáculos. Eran todos diferentes: uno tenía un sillón, el otro una planta tropical altísima, el otro un taburete de madera antiguo... Y sobre algunas mesas había incluso lamparitas de mesilla de noche.
Cada estancia tenía su propia personalidad. Nada que ver con los inhóspitos ciber-cafés en los que te sientas frente a un ordenador y tienes, a derecha y a izquierda, decenas de sillas y ordenadores iguales al tuyo. Aquel sitio era como un pequeño cobijo, más parecido a una habitación acogedora que a un local comercial.

Creo que aquella tienda se parecía bastante a un blog, por una razón fundamental:
Dentro de aquel lugar, Internet perdía sus connotaciones de "espacio anónimo, masificado y frío" y dejaba intuir un pequeño, aunque presente, olor a hogar en cada uno de los rinconcitos separados por biombos.